Un esbirro de MIAMI en MÉXICO


Su nombre es René Bolio Halloran. Fue exhibido, ni más ni menos, que por el presidente López Obrador como el racista que ofendió a un funcionario de la Embajada de Cuba cuando éste y otros esbirros anticubanos, se apersonaron a las afueras de la representación diplomática para proferir insultos. Eran los días de los disturbios en la isla, y René Bolio los aprovechó para hacer gala de su violencia.

Por supuesto, sus actos no fueron casuales. Poco después de hacer el ridículo en la Embajada cubana —sorpresa, sorpresa—, viajó a Miami para reunirse con su jefe, sí, el que lo mandó a gritarle “negro” y “maricón” a un guardia cubano en México. Se trata de Orlando Gutiérrez Boronat, conocido terrorista anticubano, dirigente del Directorio Democrático Cubano, una organización que recibe financiamiento de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, la USAID, para actos de subversión contra el Gobierno de Cuba.

A nadie debería sorprender que René Bolio Halloran sea militante del PAN. Fue senador suplente de la infame Cecilia Romero, directora del Instituto Nacional de Migración durante el sexenio de Vicente Fox, institución que en ese tiempo fue acusada de tener nexos con bandas del crimen organizado dedicadas a la trata de personas desde Cancún, muchas de éstas de origen cubano. Romero, a su vez, es esposa de Emilio Baños Urquijo, cuya familia es fundadora de la organización ultracatólica El Yunque.

Todo esto quizá ya lo sabía el presidente López Obrador cuando exhibió a René Bolio Halloran. Eso y que fue funcionario del gobierno de Felipe Calderón, el usurpador de la Presidencia. Más, quizá de lo que apenas se enterará, es que este crudo panista, hizo parte del Ayuntamiento de Metepec, Estado de México, cuando era gobernado por Morena entre el 2019 y el 2021. Sí, la entonces alcaldesa morenista, Gabriela Gamboa Sánchez, nombró a un recalcitrante conservador, Bolio Halloran, secretario del Gobierno municipal.

René Bolio Halloran (centro) posa junto a la exalcalde de Metepec, Gabriela Gamboa Sánchez, durante la administración municipal morenista. FOTO: Alcaldía Metepec

La administración morenista en Metepec fue un desastre. Pero mucho de esto se debió a que René Bolio Halloran operó desde dentro para fracturar a Regeneración Nacional desde esa posición local. Su misión fue orientada por la extrema derecha en Miami, para recolectar información y actuar en contra de los intereses de Morena y la cuarta transformación, en todo lo que pudiera alcanzarle. Y cosechó éxitos. Su modus operandi se explica cuando, en las pasadas elecciones municipales de julio, Morena perdiera el control del Ayuntamiento de Metepec y se lo cediera a Fernando Flores, nuevo alcalde, sí, del PAN.

Hecha la trampa, Bolio Halloran ha vuelto a sus posiciones en la reacción conservadora. En su biografía se cuenta la operación de varios eventos contra Cuba en suelo mexicano, financiados por la Fundación alemana Konrad Adenauer (KAS, por sus siglas en alemán), la cual aún tiene registro como asociación civil ante la Secretaría de Hacienda mexicana. En México, hizo parte del proyecto “La otra Cuba”, dirigido por el fallecido terrorista Jorge Poo, vinculado a la Fundación Cubano Americana, la cual conspiró para asesinar a Fidel Castro en 1961 y al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en 1999, con el auspicio de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos.

También, Bolio Halloran ha mantenido amistad con otro personaje que ha ocupado territorio mexicano para acciones se subversión contra la isla, el también abogado de origen chileno, Nicolás Ampuero Catalán, residente en la Ciudad de México, dedicado a representar legalmente a “balseros” cubanos llegados desde Cancún (sí, aquí aparece la huella de la ex directora del INM, Cecilia Romero). Ayudado por integrantes del PAN, este personaje apadrina a supuestos “presos políticos” en Cuba como maniobras de propaganda contra la Revolución cubana.

El activismo anticubano de René Bolio Halloran se extiende a organizaciones como el Center for a Free Cuba, People In Need y hasta la Organización Demócrata Cristiana de América, cuya representación en México la tiene el PAN y el mismo Yunque. Con éstas, Bolio Halloran también se da tiempo para desarrollar actividades en contra de los Gobiernos de Venezuela, de Bolivia y hasta, por qué no, China.

¿Por qué ocupar México como sede de actos contra Cuba o Venezuela, en su caso? Porque dada la cercanía con Estados Unidos, el territorio mexicano ha pretendido ser plataforma de la derecha latinoamericana con el apoyo económico de instituciones de la política exterior estadounidense como la USAID, la National Endowment for Democracy (NED) y el Internacional Republican Institute (IRI), entre otros aliados europeos como la alemana KAS y partidos políticos de derecha en Latinoamérica.

Alemanes usan México como base de operaciones contra Cuba (con ayuda del PAN) 

Cabe recordar que la USAID y la NED, son organizaciones que brindan financiamiento a la asociación Mexicanos Unidos Contra la Corrupción y Sí por México, propiedad del empresario Claudio X. González, padre de la alianza opositora al presidente López Obrador y Morena, Va por México, la cual agrupa a los partidos PRI, al PAN y PRD.

Está visto que el protagonismo de este personaje, René Bolio Halloran, está perfectamente planeado. Su vinculación a la mafia de Miami y, la de ésta, a las instituciones del Departamento de Estado de EEUU y la CIA, también está ligada a las organizaciones de la derecha en México. Se trata de una estructura subversiva regional que actúa, no sólo contra Cuba y la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), sino contra los gobiernos progresistas como el de México. Sus acciones ya no son exclusivamente políticas, sino que han escalado al nivel de guerra sucia. Apuestan, pues, a desestabilizar las naciones que atacan. Y en el caso mexicano, es claro pueden hacerlo también encubiertos en los gobiernos locales de Morena.

¿Todo por unos pinches patos?


“Los empresarios no estamos defendiendo uno u otro proyecto, estamos defendiendo un modelo de nación”, dijo el presidente del Consejo Coordinador Empresarial varios minutos después de que López Obrador lo hiciera con relación a los resultados de la consulta que da por rechazada la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco. “Estamos defendiendo un modelo de nación”, dijo y repito tal declaración porque ese es precisamente el fondo el asunto cuando hablamos de la #ConsultaNAIM: el modelo de negocio de los hombres de corbata, dista mucho de lo que votamos este fin de semana.

Yo voté temprano, con algo de frío y con cierta incertidumbre sobre los resultados ¿De qué servirá todo esto? No tenía garantías y, sin embargo, marqué por la opción de Santa Lucía, gustoso, no porque tenga mis dólares invertidos en ello, sino porque por primera vez una administración me consulta sobre un proyecto que impactará mi forma de vida. Antes que eso fueron los muertos y las violaciones de Atenco del año 2006, la manera en cómo el Gobierno preguntaba a la gente: ¿estás de acuerdo con que nos valga madre lo que opines sobre el nuevo aeropuerto? Tome su toletazo.

Personalmente creo que no necesitamos aeropuerto, como no necesitamos más automóviles (escribí hace una semanas sobre eso en mi blog)  pero la consulta fue valiosa para mí por el simple hecho de serlo. A votar fui con mi sobrino y el impacto cultural es enorme porque a este imberbe de 16 años se le demostró que en México la democracia directa es posible, y no estamos condenados a pagar continuamente con sangre las imposiciones de una plutocracia, tal cual él ha aprendido en sus clases de historia que así ha sido en este país a lo largo de 500 años.

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El voto del presidente electo López Obrador en la Consulta NAIM.

Y otra cosa: Ahora resulta que a los “grandes mercados” les preocupan los 45 mil empleos que se perderían con la cancelación de Texcoco. Pero algo no me cuadra. Tengo varios amigos por la zona, y esos amigos tienen familiares trabajando como peones en las obras del hoy fallido nuevo aeropuerto. A algunos les pagan seis mil pesos al mes pero con recibos de honorarios, lo que significa que le dan a Hacienda casi el 40 por ciento de su salario en impuestos, más lo que le toca al contador, lo cual apenas les da para comer y para pasajes. Además, no hay contratos. Otro además: les hacen pagar un seguro de vida que ni siquiera es IMSS, según me cuentan. Pero no todo es así, mi amigo Rubén realmente se ve afectado por el desistimiento de la construcción. “¿Todo por unos pinches patos?”, refunfuñó al tiempo que entendía que deberá trasladar su carro de tacos de canasta a otro lado ¡¿Cuantos más, Obrador?!

Está bien que no se haga Texcoco. A mi me registraron ahí y de mi infancia texcocana lo único que recuerdo es mucho cemento y olor a caca. En las monografías se decía que ahí había un lago, pero de agua sólo recuerdo las lluvias ácidas que alentaban el paso de los guajoloteros. Pero eso no lo ve un magnate que reparte su tiempo entre Nueva York, España e Interlomas. Su modelo de país no es modelo sino una fórmula bursátil. Nuestro modelo, el del México real, es de la supervivencia; el de aprovechar cada mecanismo existente para participar en cada consulta sobre asuntos públicos, por una sencilla razón: Nosotros y los patos aquí vivimos.

Cómo Marx salvó a China


Discursos aquí, conferencias allá, pero el único lugar donde realmente se celebraron los 200 años del nacimiento de Karl Marx fue en China. Con dos eventos: el primero, la donación de una enorme estatua del filósofo a la ciudad de Treveris, Alemania, donde nació el autor de El Capital; el segundo —y más importante—, un evento oficial en la Sala del Pueblo en Beijing, con un discurso de más de media hora emitido por el presidente chino, Xi Jinping, en el cual reiteró el carácter comunista de la China del siglo XXI.

“Es perfectamente correcta para la historia y el pueblo optar por el marxismo, así como para el Partido Comunista de China lo es inscribir el marxismo en su propia bandera, para adherirse al principio de combinar los principios fundamentales del marxismo con la realidad de China y adaptar el marxismo continuamente al contenido chino y los tiempos”, dijo XI, en un evento sumamente difundido en los canales estatales y privados.

Se trata de uno de los tres presidentes más poderosos del mundo saliendo a dar un discurso difundido por todo el mundo acerca de Marx. Esto debió retorcer la bilis del teórico estadounidense Francis Fukuyama, quien declaró el “fin de la historia” y de la lucha de clases tras la caída del muro. Fukuyama mintió. Marx y el socialismo siguen vivos y China pone sobre la mesa su propia evidencia.

El marxismo es una guía, dijo Xi, y tiene razón. China pudo adaptar el socialismo científico a su realidad compuesta de una inmensa diversidad de territorios, más de 400 etnias y 1, 500 millones de habitantes, todo, envuelto en diez mil años de historia como nación. Debido a esto, tras la Revolución de 1949 al mando de Mao Tse Tung, desterraron el colonialismo y medio siglo después se alzan como la primera potencia económica del mundo. No hubiera podido ser de otra manera. Este país aró su tierra con el Manifiesto Comunista en una mano, y el confucionismo en la otra. Comprendieron la importancia de desarrollar sus inmensas fuerzas productivas y poner la riqueza al servicio de las personas.

No faltan las voces que afirman que lo de China no es socialismo sino una especie de “capitalismo de Estado”. Voces occidentales, por supuesto. Parafraseando a la historiadora colombiana Diana Uribe, hablar de China es como asomarse a un precipicio y no ver el fondo. Estamos hablando de un país cuya Historia se remonta a la época de las glaciaciones. Las opiniones sesgadas tan solo subliman los prejuicios, incentivados por la ideología anti-socialista.

La teoría marxista y el ejemplo de la Revolución soviética lograron rescatar a una China sometida por el colonialismo europeo y japonés, en el fatídico siglo XIX ensombrecido bajo el humo de opio. Lacerantes episodios como la masacre de Nanjing hubieran condenado a cualquier país al derrumbe; pero China resucitó de la muerte de los mil cortes. “Solo el socialismo puede salvar a China”, pronunció XI Jinping este 5 de mayo en los 200 años de Marx. La historia le concede la razón.

¿Crees en el diablo?


Ese día de verano, el calor nos horneaba como a los frijoles que estaban puestos en la olla. Mi abuelo, de ladino, se quitó la playera para comer, a sabiendas que mi abuela lo regañaría pues, para ella, la hora de la comida era sagrada. Pero no conforme, ahí esperando su plato, mi abuelo sacó de su pantalón una cajetilla de Delicados toda apachurrada; tomó un cigarro, le pasó la lengua de popa a proa y lo prendió con un cerillo de madera –-siempre de madera pues con encendedor no sabe–.

Al tiempo que el humo se abría paso tranquilo por encima de la mesa, noté una cicatriz que atravesaba como un rayo el pecho de mi abuelo. El amasijo de carne hinchada partía en diagonal su negra piel. Si de por sí yo le veía parecido a las grandes piedras de obsidiana dorada que encontraba cuando jugaba en los jales de las minas, ahora, su figura ancha y musculosa me parecía más impresionante. A mis entonces ocho años, mi abuelo me parecía igual de cabrón que Charles Bronson y esa herida la llevaba como El Justiciero llevaba marcadas en la piel las victorias de sus luchas, en esa y en todas las películas que cada sábado me sentaba a ver junto al viejo.

— Abuelo, ¿a dónde te hiciste esa cicatriz?

Mi abuelo caló su cigarro bajo su enorme bigote canoso, mirándome con sus ojos acuosos y amarillos y ese párpado izquierdo que siempre le colgó de más. Y antes de hablar, se ocupó de echar el humo delante de toda su tez mulata, quizá y solo quizá, heredada de algún esclavo colonial, porque el viejo era huérfano y ni él mismo sabía por dónde ni por quién había sido arrojado al mundo.

— ¿Esta? Me la hice en la mina, mijo.

— ¿Te rasguñaste?

— ¿Quieres saber de verdad?

Mi abuela que nomás de oídas nos vigilaba desde la cocina, pegó un grito desde allá.

— ¡Qué le andas contando al niño, Beto!

— ¡Nada! –, respondió mi abuelo, que nomás volteó a verme y, cábula como era y por llevarle la contraria a mí abuela, me dijo en voz queda:

— Te voy a contar, pero tu tienes que prometer que no se lo dirás a nadie – dijo, e hizo ¡shh!, con un dedo sobre los labios.

Su confidencia me puso el corazón a correr y yo pegué la sonrisota.

— Sí abuelo–, dije.

Entonces el viejo se echó a contar.

— Esta cicatriz me la hizo el diablo–, dijo. Y yo, al oír, hundí la cabeza y puse los ojos de plato.

— ¡Beto!–, gritó mi abuela.

Mi abuelo nomás tronó la boca. Le caló fuerte a su cigarro y casi se lo acabó. Lo apagó en el plato. Siguió.

— Cuando era minero, andaba yo picando una veta de oro; todo el día pique y pique, pero no encontré nada. Ya casi para salir, cuando estaba a punto de tirar el cascajo, de la pared empezó a salir un montón humo. Yo estaba solo ahí. Nadie se atrevía a llegar a lo más adentro, más que yo. Cuando vi el humo ese, primero pensé que había roto algo o que se había prendido un pedazo de carbón; pero no, el humo se hizo más fuerte y el olor más cochino y ¿qué iba a hacer? Ni modo de pedirle ayuda a alguien…

— Porque estabas tú solito–, dije, sentado al filo de la silla y con los codos hundidos en la mesa.

— Éjele, nomás estaba yo ahí. Pero a mí que me vale. Seguí dele y dele a la piedra porque si no sacaba esa veta, no me pagaban el día. Cuando trabajas, te tienen que pagar ¿oíste?

— ¿Y el diablo?

— Espérate. De pronto la pared dejó de estar dura y comenzó a sentirse como si estuviera pegándole a una almohada, haz de cuenta. Blandito se sentía. El pico hasta se hundía en las piedras. Luego se escuchó un grito. Pero no creas que un grito como los de la calle. Ese grito puso a temblar todo el hueco de la mina. Primero pensé que se había caído un volquete por ahí, pero no, porque el grito se hacía más fuerte y más fuerte y la mina no dejaba de temblar…

En ese momento, la olla de frijoles soltó un hervor que me hizo pegar un brinco obre la silla. No grité ni saqué sonido por la boca, porque quería que mi abuelo siguiera contando su historia. Él se rió entre dientes, porque si mi abuela iba para la mesa y se enteraba, sería capaz de darle un trapazo en la boca por andarme espantando.

— ¿Qué más?

—Con el temblor y el grito, pensé que había explotado dinamita. Ahí sí me puse a las vivas porque, si había habido una explosión, las piedras se iban a venir abajo y yo iba a quedar ahí enterrado. Entonces que me agarro de la pared, esperando el derrumbe, pero de pronto el ruido se calmó. Luego de entre el humo, comenzó a salir una sombra. Primero no tenía forma de nada. A la mejor era mi amigo Félix, pero no podía ser porque nadie había bajado conmigo a ese nivel. De pronto la sombra fue tomando forma, grande; tenía que ser un compañero, a lo mejor el Gato que era el más alto de todos, pero no, la sombra era más grande. Cuando salió, no vas a creer lo que vi…

Yo era un niño de ocho años, que si bien no se orinaba en la cama desde el kínder, entre la emoción y el susto me dieron unas severas ganas de hacerme ahí mismo. Pero me aguanté. Tenía que saber.

— ¿Quién? —pregunté, haciéndome el loco, para no atreverme a pronunciar el nombre del consabido protagonista y por si se aparecía, no fuera a creer que le había faltado al respeto.

— Nunca había visto un animal así–, dijo mi abuelo–. Era muy alto, negro como el carbón y lleno de pelo como los perros, sus patas eran de chivo y gruesas como los pirules; tenía el hocico de un toro y de sus narices le salía vapor; sus cuernos eran como los de una cabra, pero casi tocaban el techo y luego bajaban como el pelo de una mujer; sus ojos eran negros también, pero brillaban como si fueran dos canicas; su cola era de víbora y sus brazos estaban del triple de ponchados que los míos. Se acercó a mí caminando despacio…

Tuve ganas de decirle “¡corre, abuelo!”, pero apreté fuerte mi boca con las manos.

— Entonces que se me acerca y me dice con una voz de trueno: “¿Tu eres el que anda picando la piedra?”. Y yo le dije “Sí, fui yo”, porque no creas que le tenía miedo. Yo ya sabía cómo eran los chivos, pero eso sí, nunca había visto uno tan grandote, que además caminara en dos patas y más encima que hablara. Entonces le dije: “¿Quién pregunta?”, pero no me respondió. Nomás me dijo: “Si tu fuiste el que anda picando las piedras, ya me rajaste aquí en el pecho”.

— ¡Por eso sentías blanditas las piedras! —, dije, ahora sí, sin aguantarme.

— ¡Pues claro! Entonces yo le dije “dispense, fue sin querer”. Entonces él como que se enojó y me dijo: “Nada de dispense. Ahora por castigo, tú te vas a llevar la herida que me hiciste”. Entonces, zas, comencé a sentir caliente en mi pecho. Y como en la mina andamos sin camisa porque ahí sí hace un calor del infierno, pude verme mi carne cómo se iba abriendo, haz de cuenta que las tripas se me estuvieran reventando. Pero no sangraba, porque al mismo tiempo la sangre se iba cociendo. Yo veía nomás mi carne ardiendo, pero luego voltee, pero el chivo ya no estaba ahí. Ya no había humo, ni ruido. Sólo yo, que ya traía esta cicatriz–, dijo mi abuelo, rascándose la herida de arriba para abajo.

— Pero, ¿cómo sabías que era el diablo? No te dijo que era el diablo –le dije yo, sin salir del asombro.

—- Nunca le quise contar a nadie porque sabía que nadie me iba a creer. Cuando me preguntaban, siempre les dije que se me había caído una piedra encima. Pero la verdad es que fue el rasguño del diablo. ¿Tú me crees?

Yo asentí sin parpadear, sintiendo el compromiso de hacerme cómplice de mi abuelo, porque era mi abuelo y su palabra era todo para mí. Luego, mi abuela se acercó a la mesa con los platos llenos de frijoles y nos vio cuchichear.

—- Ponte tu camisa, Beto y, ¿qué le andas contando al niño? –le dijo.

Entonces yo, que si bien valoraba la palabra de mi abuelo, pero más le debía a mi abuela mi abnegada sumisión, se me salió que preguntarle:

— Abuelita, ¿es verdad que el diablo le hizo esa cicatriz a mi abuelo? –le dije yo, sintiendo que mis palabras buscaban asirse a la mano siempre segura de mi abuela.

— ¡Qué diablo ni qué diablo! ¡Tú abuelo es el canijo diablo más bien! –, dijo ella.

Pero mientras mi abuelo se ponía su camisa, mi abuela se inclinó suave hacia mí para sentenciarme en voz quedita:

—Pero no se lo digas a nadie –dijo, haciendo ¡shh!, con los dedos sobre su boca.

Pornocracia


Las veo al pasar, casi todos los días cuando salgo de la universidad, a las afueras de un motel al que a leguas se le notan las cucarachas que le anidan. ¿De dónde vienen? ¿Quién las llevó ahí?

Quizá ni son de aquí. Quizá fueron sacadas a la fuerza de algún lugar, secuestradas mientras hacían un mandado. Y ahora están a las puertas de un sucio motel, cobrando cien pesos a los pusilánimes que necesitan pagar para tener sexo. Pero alguien más se lleva la ganancia.

Otros cobran también por hacerse los tontos, a bordo de patrullas o despachando en los ministerios, sin cortar el hilo que las tiene esclavizadas porque les deja dinero. “Pero ¿qué tal si les gusta?”, me dijo un alumno un día. Recolecté algo de paciencia y le respondí:

–¿A ti te gusta el sexo?

–Sí.

–¿Y por eso estarías dispuesto a hacerlo cuando no tienes ganas, con personas que no quieres y por órdenes de alguien más, sabiendo que si te niegas te arriesgas a que te maten?

–No, pus’ no–, dijo él.

Eso es explotación sexual. Lo que lo vuelve más lacerante es que cuatro de cada diez víctimas, son niñas.

Otros datos: México es el primer lugar mundial de abuso sexual infantil, según la ONU. En este país hay, cuando menos, 70 mil niñas que están esclavizadas por redes de tráfico sexual, según la organización Unidos contra la Trata. La esclavitud sexual va desde obligarlas a ser violadas por otros (la mal llamada prostitución), la pornografía y su venta a otros países. Además, están las víctimas que son traídas a México, principalmente, de Centroamerica y representan el 15 por ciento de las víctimas.

Ahora mismo en Baja California están explotándose a mujeres haitianas. Llegaron a Tijuana pidiendo asilo humanitario en Estados Unidos, pero se los negaron. No hablan español, no tienen papeles, ni comida. El Comité Ciudadano en Defensa de Naturalizados y Afromexicanos ha pedido ayuda del gobierno de México, sin obtener respuesta. Denuncia que ya son varias mujeres las que se encuentran en bares: “Ellas no llegaron solas a esos lugares, y las autoridades deben investigar quién las llevó”, dijo Wilner Metelus, presidente de la organización.

¿Quién hará algo por esto? Coaliciones internacionales denuncian que el turismo sexual está aumentando en México. Todos los años en el mundo son esclavizadas de dos a cuatro millones de personas. Más del 80 por ciento son mujeres. La mitad, niñas. No es casual que las víctimas estén y provengan de países hartos de corrupción. México, EEUU, Filipinas, Centroamérica ¿Qué tienen en común? El modelo. Ahí el dinero vale más que la vida. Quien paga más es quien manda. Una pornocracia.

¿Aún tenemos patria?


Schopenhauer estimó que la existencia humana está destinada al pesimismo en tanto que no somos capaces de percibir la esencia de las cosas, donde reside la belleza. Por eso, naufragamos en vida y damos tumbos en las paredes de la violencia, la corrupción y la enfermedad.

Si este filósofo alemán hubiese vivido en México comprobaría que su argumento no sólo tiene un efecto personal, sino que bien aplica a la sociedad. Si como individuos no tenemos remedio, como colectivo somos el acumulado de fracasos humanos. La rueda de la historia, en nuestro caso, parece girar en sentido contrario.

De tal manera, el gobierno es producto de lo que en sociedad hemos construido. Hemos permitido el ascenso al poder de un grupúsculo de ejemplos nítidos de nuestra derrota cultural. Es nuestro espejo vuelto puntas afiladas que nos acribillan cada vez, y sólo nos depara la destrucción.

¿Es posible ser optimista, a pesar de esto? Confieso que mi primera respuesta es No. Aunque quizá sean los recientes casos de espionaje de Estado; la imparable violencia; el dramático aumento de la pobreza; que dos tercios de la riqueza nacional está en poder del 10% de la población; o fue eso que vimos el domingo pasado en Tabasco, donde la gente saqueó un camión de mariscos que se volteó en la carretera, robó la llanta de refacción y se robó el dinero del conductor, sin importar que éste yaciera muerto justo al lado de donde se cometía tal acto grotesco de rapiña.

Pensándolo mejor, puede que sí tengamos esperanza si recuerdo que no se puede juzgar a un país de casi 130 millones de habitantes por lo que hicieron un grupo de ellos, o lo que hacen otros tantos de millones más, de manera similar, quebrantando cualquier código moral y de ética, como en una película de horror.

No es que “los buenos” seamos más. Eso no existe. Casi todos nos quebramos éticamente en algún momento, o corremos el riesgo de hacerlo. En cambio, hay otros que son todo un ejemplo de dignidad. El doctor Ernesto, por ejemplo. Salió de Oaxaca y se fue a los límites de Veracruz e Hidalgo porque “ahi todavía se puede hacer algo” por el país.

Por eso, en honor a quienes, pese a todo y contra todo, siguen dando la batalla por un México mejor, prefiero pensar que aún tenemos salvación. ¿Qué no dice el refrán que al mal tiempo, buena cara? De tal modo quiero decirles a todas esas personas que en este país aún están haciendo algo por mejorarlo: por favor, no se rindan. Los cínicos puede que ya no tengamos remedio; pese a eso, créanme, ustedes no dejen de intentarlo. Vuélvanos la cara y digannos lo que el prócer chileno Manuel Rodríguez pronunció: Aún tenemos patria, ciudadanos.